La conciencia ingerida electrónicamente detenta el trono.
Esqueleto patinador resucita esencial en su cielo y en su sol tumba la turba de estiércol sobre mí.
La conciencia ingerida electrónicamente
detenta el trono,
quemando los últimos
tramos de alambres y de cables,
demasiado absurdo es el demonio,
tu Dios y el mío,
hinchados los ojos
y las manos en su
trópico capricorniano.
Picotean
y repiquetean,
como pájaros carpinteros,
erigen torres de espejismos
y de sentidos diversos,
nuestros cuerpos
ondulados
juntan sus sombras
entre las fatigadas
ruinas olvidadas
por la erosión del tiempo,
por donde vagan almas
vacías y solitarias.